Ser optimista informado es la única manera de hacer algo, entrevista a Amelia Valcárcel en La Marea

Amelia Valcárcel destaca la importancia de la filosofía en la educación: “Si llega un momento en que una persona, mujer o varón, no sabe quién es Descartes, habremos perdido la partida”, señala.

Magda BanderaLeer artículo en lamarea.com

Dicen las enciclopedias que la formación inicial de Amelia Valcárcel (Madrid, 1950) “fue analítica”. Es algo que se nota a la hora de organizar esta entrevista. Cuesta encontrar un hueco en su agenda, pero tras cruzar varios sms y correos electrónicos, saca media hora, en pleno festivo, para atendernos. El teléfono puede cortarse, avisa, sus aparatos no funcionan bien estos días. La periodista confiesa que el suyo se desconecta cada vez que se ríe y su mejilla roza la parte superior del móvil. “No me haga reír, Amelia, que cada vez que la he oído hablar en público lo ha hecho”. La filósofa contesta con voz seria: “Se procurará”. Y recuerda que Sócrates lograba lo mismo. Poco después fracasa, en seguida provoca varias carcajadas, ajenas y propias. Y lo hace sin aspavientos, con su característico tono sobrio. Pero lo que realmente destaca a lo largo de la conversación es el ritmo con el que encadena las ideas y los silencios que intercala entre algunas de ellas. La entrevista a esta doctora en Filosofía, miembro del Consejo de Estado y autora de obras como Feminismo en un mundo global (Cátedra) o La memoria y el perdón (Herder), no es nada convencional. Antes de comenzar, dedica unos minutos a ayudar a prepararla. Juntas recordamos cuál es el tema principal del reportaje: “¿Qué papel debería tener la filosofía ante los nuevos retos para la humanidad?”. “¿De cuánto espacio disponemos?”, quiere saber Valcárcel.

Del que queramos.

Ya, pero lo digo de cara a ser más o menos sintética. Ésa es una pregunta, pero tendrás alguna más.

También nos preguntamos cuáles son las principales cuestiones filosóficas que deberíamos plantearnos hoy. Y reflexionamos sobre los miedos en el siglo XXI, cuando, por  primera vez, existe una sensación generalizada de que todo va a ir a peor.

Ahá, ya veo. ¿Sólo esas tres o se te ocurre alguna más? No te creo capaz de que sólo se te ocurran tres.

Se me ocurren muchas más, pero como tiene que ser una entrevista breve…

Por eso, por eso. Habías citado también el miedo a la muerte en tu carta.

Y hacía una referencia al humanismo y a cómo lo deberíamos entender hoy.

Vale, entonces son cinco las que yo veo aquí. ¿Por cuál empezamos?

La que prefiera, que ordena mejor que yo.

Vamos a ver… ¿cuáles son las cuestiones palpitantes ahora, por utilizar un adjetivo de Ortega y Gasset, que nunca sé muy bien si es bueno o malo [ríe]? Las cuestiones palpitantes son cuánto va a durar el mundo, si nosotros formamos parte de su programa. Si ésa no se resuelve bien, todas las demás serán distintas. La gente tiene que empezar a pensar de verdad –y sospecho que no es nada fácil– que no hay otro planeta. La humanidad está acostumbrada a descubrir, a marchar más allá, a correr un poco más allá. A eso siempre le he llamado plus ultra. Pero el ultraísmo ya no da más de sí. Cuando acabas de recorrer el planeta redondo, vuelves al punto de partida. Es finito, y responde según lo que le haces.

¿En qué sentido?

Si quitas un elemento, saldrá por otro lado. Seguimos en la idea que tuvo la humanidad anterior de que los recursos son inagotables y no es verdad. La revolución técnica nos puede llevar a un caso gravísimo de extinción. Eso sucedería acompañado de tales rasgos de atrocidad y violencia que nuestras peores pesadillas a propósito del infierno se volverían dulces. Pero yo no sé si existe la racionalidad colectiva. Sé que algunos países se han presentado en las conferencias del clima diciendo que, como no han contaminado antes, ahora quieren su cupo, lo cual no ayuda precisamente a situarse bien. Quiero tener cierta esperanza en el sentido común colectivo. Hay quien se toma esto como una negociación de su portal, de su barrio, como se han tomado siempre la humanidad. Tienen sentido para periodos y negociaciones cortas. Pero vamos a necesitar desarrollar una talla antes nunca vista para poder enfrentarnos al reto al que asistimos.

Cuando se habla de inteligencia colectiva suele hacerse en relación a Internet y la cibercultura…

Nada de nada de nada [ríe]. La inteligencia colectiva de momento sólo tiene nombre, pero por lo menos es más agradable que el de desarrollo sostenible, que ha resultado ser un oxímoron parecido a nieve frita.

Ése no lo conocía.

Pues es muy bonito… Quiero decir que vamos a seguir quemando combustibles fósiles y pensando que no va a pasar nada. La conciencia ecológica ha venido, como todo, en el momento en que la situación era evidente; el asunto es si ahora nos va a servir. Esa cuestión es el límite, porque ¿si la humanidad deja de existir, va a seguir existiendo la filosofía? [Edmund] Husserl afirmó que aunque la humanidad no existiera, las Matemáticas sí lo harían. Pero es un poco de dudar, ¿no?

Sí…

Otra cuestión enormemente palpitante, pero no tanto, es si la democracia es sostenible. El problema es la inadecuación de los tiempos, es decir, cuando alguien que gobierna afronta una cuestión durante cuatro años. Aquí nos vamos a encontrar gente cortoplacista y un poco sinvergüenza, esto último sea dicho con todo el cariño, capaz de embelesarnos diciendo que en cuatro años soluciona lo que sea, muy poco amiga de dar medicinas duras y de decir “esto no se puede hacer”, “aquello no deberíamos hacerlo”… Y, sin embargo, la mayor parte de nuestros problemas nunca se puede solucionar en cuatro años, sino a 20 años vista, a 30, a 40, a más. Bueno… creo que en cuanto a cuestiones palpitantes vamos bien [ríe].

Realmente son palpitantes…

Y ahora podemos preguntarnos si los valores de la democracia  son los buenos. La respuesta absoluta es sí, sin una sola cautela. La libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia son los valores por antonomasia, no hay ninguno por encima de ellos. El asunto es si la gente puede renunciar a los valores más altos cuando cree que sus modos de vida están amenazados. Claro que sí. No, no estamos en un momento fácil. Y, sin embargo, qué dulce parece la tarde y qué hermoso cuando amanece…

¿Se refiere a las reacciones ante hechos como los atentados terroristas de París?

Es un suponer, que dice la expresión cheli. Evidentemente, sí. ¿Qué es lo que más teme la gente ahora? Están los viejos, imbatibles, temores: el miedo a la muerte, que no tiene solución, y al dolor, ya lo dijo Epicuro… Ésos van a estar ahí porque la especie humana es probablemente la única que sabe que muere y que pretende encontrarle al dolor nada menos que sentido. Pero la mayor parte de la gente pocas veces siente esos miedos, a no ser que los tenga extraordinariamente cerca. Probablemente, en el tiempo de Epicuro, el dolor, la enfermedad o la pérdida de la suerte estaban más a la mano. Nuestro mundo, en tanto que se ha hecho mucho más humano, más llevadero, olvida sus temores. Pero cuando se pierde un yugo muy antiguo y pesado, pensamos: ¿no habremos levantado demasiado la cabeza?

¿Nos cogen por sorpresa cosas que deberíamos ver normales?

Bien pudiera ocurrir, bien pudiera ocurrir. Pero ante los grandes temores, sólo las viejas recetas funcionan. El humanismo no consiste en creer que la humanidad es maravillosa, capaz de las más hermosas cosas, sino en creer que los valores que tenemos no nos han sido dados por ningún dios ni nos vienen de ninguna parte. Consiste en saber por una vez que somos los responsables de todo lo que nos llega a pasar, para bien y para mal. No es exagerar nuestra talla y creer que somos más de lo que somos, que los humanos, por el hecho de serlo, ya tienen una especie de extraordinaria dignidad. En absoluto. Pero, con todo, hay que volver a [Blaise] Pascal y a lo que él decía: es posible que un ser humano sea sólo una caña, pero es una caña que piensa. Todo el universo puede moverse contra él y caerle encima, pero siempre será superior a aquello que lo masacre porque habrá sido una caña que piensa. Son estas cosas raras de Pascal, que no era precisamente un progresista. La gente antihumanista siempre cree que cuando se mete con un humanista lo hace con una cofradía de optimistas. Nunca calcula que el humanismo está forjado sobre una cierta manera de entender a los seres humanos en la cual el pesimismo nunca ha estado ausente, pero no puedes dejar que el pesimismo tiña lo que piensas.

¿Y eso cómo se consigue?

Es que es así. Desde el pesimismo nunca ha salido ninguna acción. El pesimismo reflexivo ha tenido tan buena fama que la gente piensa que ser profundo y ser pesimista es lo mismo. Y no, es más difícil ser optimista informado. Pero es lo que hay que ser, porque es el único modo de asegurar que puedas hacer algo.

Esa expresión no se la había oído antes.

Bueno, todos los filósofos repiten lo suyo un poco de vez en  cuando y sacan algo nuevo cuando creen que ya es el tiempo en que se puede decir, antes no. Si lo haces antes, nadie lo entenderá. Nietzsche decía en [Así hablo] Zaratustra que traía una idea tan joven que la llevaba tapada con el hábito para que no se enfriara.

Se ha tenido que sentir a menudo muy incomprendida…

Sí, pero eso no quiere decir nada. Quien no es capaz de aguantar un poquito de soledad o un poquito de incomprensión, ¿qué tendría guardado para los demás si llegara el caso de que se necesitara? Bueno, eso no tiene importancia, sigamos. Y ahora hablamos de filosofía y vida… Querías empezar por ahí, pero por ahí vamos a acabar. ¿Y todo esto que hemos dicho tiene algo que ver con la vida? Obviamente, sí.  Aquí estamos ante un asunto que es muy elemental en un lugar como España: una cosa es quejarse, y hacemos bien, de que, por ejemplo, un gobierno conservador quiera llevarse la Filosofía por delante.  Pero lo importante es que si llega un momento en que una persona, mujer o varón, no sabe quién es Descartes, habremos perdido la partida, porque nosotros tenemos que saber quiénes somos. Los demás pueden creer en sus dioses, pero nosotros tenemos que saber quiénes somos. Hemos alumbrado al mundo un conocimiento que el mundo no tenía de sí mismo. Y debemos conocerlo y ser capaces de reproducirlo. Si alguien es tan corto… no, no voy  a insultar… como para creer que se puede ser occidental y no saber quién es Descartes, está muy mal. Digo Descartes porque es él quien nos puso en pie. Puedo prescindir de la trigonometría pero no de saber que estamos en el mundo a título de seres humanos y que ningún dios nos ha marcado el destino, y que éste sólo depende de nuestra capacidad de sobrevivirnos y pensar las mejores ideas para poder hacerlo.

¿Cuál es entonces el papel de la filosofía?

La filosofía no nos enseña a pensar y todas esas cosas, no. La filosofía es todo lo que ha sido pensado  y debemos saber recurrir a ella como quien busca los componentes para una fórmula. Hay que pensar qué nos vino de Grecia, qué de Judea, qué se pensó durante la Edad Media de estas cuestiones, por qué se pensaron ésas y no otras, qué sucedió cuando empezó la Modernidad, cuáles eran sus esperanzas, en qué se concretaron después, qué ideas nos han acompañado siempre, cuáles son simplemente de ayer, cuáles tenemos que no tienen otras civilizaciones, ¿por qué?… Todo esto, sólo nosotras, nosotros, lo tenemos. Podemos desconocer cuestiones de gramática, pero si desconocemos el desarrollo, la solvencia, la estructura, la solidez de la propia tradición de pensamiento que ha creado nuestra civilización, estamos inermes. ¿Por qué la filosofía? Caramba, ¿usted iría sin abrigo en invierno? ¿Y quién le dice que el mundo es fácil?

¿La filosofía puede ser un abrigo para la vida?

Mucha gente se pregunta “¿y para qué me puede servir la filosofía a mí?”. Es la reducción subjetiva absoluta. “Pero si yo lo paso mucho mejor psicoanalizándome, lo entiendo más. O si me hacen ayurveda o me dan papaya…” Cuando estamos ante un gravísimo problema personal, como una enfermedad, ¿la filosofía puede consolarnos? Las escuelas antiguas dirían que sí. La filosofía actual sería más sobria y diría que nada conforta en un problema difícil sino el cariño, el amor, la amistad y la esperanza. Que te pongas a pensar en lo que Husserl dijo sobre el particular no te va a ayudar, ¿me explico? Pero entonces la filosofía actual da una buena receta: cultiva la amistad, nunca abandones la esperanza, ten cuidado del cariño porque no está ahí de modo inmotivado. La filosofía siempre ayuda en último término, pero no podemos venderla como una especie de libro de autoayuda. Es más, puede haber un ser humano al que la filosofía no le diga nada y el santo patrón de su pueblo sí, y la filosofía tiene que decir “quizá eso no es del todo malo”. La filosofía sobre todo entiende las cosas y entiende nuestra fragilidad. Cada uno es frágil. La humanidad, sin embargo, cuando está sabiendo a dónde va, no lo es en absoluto

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