Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, de Yolanda Domínguez en el Huffington Post

Recuerdo que de niña vivía con especial humillación aquel momento en misa en el que teníamos que darnos golpecitos en el pecho con el puño cerrado confesando en voz alta que teníamos la culpa. No sabía muy bien cuál era mi pecado, pero yo lo admitía mientras me autoflagelaba simbólicamente con la cabeza gacha. Recuerdo también que intentaba que los golpes fueran muy tenues y que apenas se notaran, como si así mi delito fuera menor y la vergüenza más llevadera.

Yolanda DomínguezLeer el artículo en el Huffinton Post

Lo cierto es que a las mujeres nos han encasquetado desde siempre el peso de la culpa. Desde que Eva la cagó con la manzana ya ha sido todo un no parar: religiones, mitos, literatura, filosofía… se ha puesto mucho esmero en que nosotras seamos la causa de todos los males. En la era de internet la cosa no ha cambiado mucho. ¿Que nos son infieles? Somos unas estrechas ¿Que damos la teta en público? Somos unas frescas ¿Que nos llevamos al bebé al trabajo? Somos malas madres ¿Que nos vestimos de reinas? Somos gordas, feas y ridículas. ¿Que nos atacan y violan en grupo? Pues también tenemos la culpa, por elegir mal el atuendo, palabrita del señor Miguel Dalmau: nos pasa por provocadoras. Y es que las mujeres tenemos el deber de ser deseables (así nos educan desde niñas), pero resulta que si nos pintamos y llevamos escote, nos apuntan con el dedo. Aclárense de una vez que nos vamos a cortocircuitar con tanto mensaje contradictorio.

De la vulnerabilidad la industria de la belleza sabe aprovecharse muy bien. Es un hecho que nuestro cuerpo, el natural, está mal hecho. ¿Qué le vamos a hacer si la madre naturaleza nos hizo defectuosas? La celulitis es una enfermedad, nuestra tripa nunca está lo suficientemente plana ni nuestras pestañas son lo suficientemente largas (ni densas, ni rizadas, ni separadas). A todo esto hay que añadir las estrías, las manchas, las arrugas, la flacidez facial… No sé cómo se nos ocurre salir a la calle. Para redimirnos, existen todo tipo de penitencias que se pueden adquirir a un módico precio en establecimientos especializados: baba de caracol, cavitación, ácido hialurónico, blanqueamiento anal…, digo dental.

Es paradójico que la mayoría de los anuncios contra la violencia de género se dirijan a las mujeres: “Di no”, “Cuéntalo”, “Elige vivir”. Esta me cabrea especialmente, como si vivir o morir dependiera de escoger bien la página de un libro de aventuras, acto del que por supuesto nosotras somos responsables. Ni siquiera los titulares de los periódicos nos conceden la presunción de inocencia, cuando sentencian: “Una mujer muere…” De nuevo, el sujeto de la acción somos nosotras, no el que asesina. Ya lo advirtió Soraya Sáenz de Santamaría: no dejéis que os miren el móvil.

Nos rasgamos las vestiduras porque una madre lleve a su bebé al Congreso, pero no pasa nada cuando la asesinan, porque las mujeres convivimos con la muerte y la violencia de forma constante. Nuestro imaginario se ha construido normalizando la agresión hacia el género femenino. En el cine siempre hay una mujer que rescatar de la tortura o que muere mártir para que el prota sobreviva. En la moda se glamouriza el sufrimiento. En los videojuegos la agresión sexual es prácticamente una recompensa. En el porno…, mejor no hablemos del porno.

Lo peor de todo es que esta estrategia de la culpabilidad es efectiva porque cuando alguien se siente culpable no levanta la cabeza, se somete. No protesta, no hace aspavientos, prefiere ser invisible para que su vergüenza sea menor. Así nos mantenemos calladitas y quietas, inertes, diría yo. También lo hacemos las unas con las otras, somos inflexibles con nuestras compañeras (de esto también me autoinculpo a ver si con dos negativos la cuenta me sale positiva) un poquito es necesario, pero nos pasamos, reconozcámoslo.

Quizás deberíamos devolver todas estas culpas imaginarias a quien pertenezcan, yo confieso que ya no puedo almacenar más, que ahora las casas son pequeñas y entre la batería de cocina y la bicicleta no sé dónde ponerlas. Son aburridas, no dan conversación y acumulan polvo. ¿Qué tal si nos deshacemos de ellas y probamos a levantar la cabeza?

Quizás hasta cojamos gusto a eso de pestañear con nuestras pestañas cortas, delgadas y lisas, pero esta vez sin pedir perdón.

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