Mas allá del niño de Bescansa, de Máriam Martínez-Bascuñán en Agenda Pública

De la polémica creada por Bescansa estos días lo primero que tenemos que agradecer es el hecho de haber situado el debate sobre la socialización de los cuidados en el terreno de la discusión pública. El gesto puede ser discutible o mejorable, pero ha conseguido impactar con gran fuerza en ese espacio público que define lo que es político, lo que es importante o lo que hay que reducir a mera anécdota.

Máriam Martínez-BascuñánLeer el artículo en Agenda Pública

Curioso que en estos momentos se proyecte en las salas de cine una película, “Sufragistas”, cuyo argumento central gira en torno a la posibilidad de encontrar un espacio que acapare toda la atención mediática para hacer visible una reivindicación, para forzar la atención sobre un tema con una trayectoria de protesta sorprendentemente larga porque el sufragio a favor de las mujeres no era una cuestión ni importante, ni urgente.

Lo segundo que tenemos que agradecer es la posibilidad de cuestionar el supuesto pluralismo del debate público. Parecía que con la violencia de género habíamos aprendido sobre la importancia de introducir en ese espacio público temas relativos a relaciones personales de la vida cotidiana que a priori no tienen una lectura política. Que un hombre maltratara a su pareja hasta hace poco era una cuestión que debía mantenerse en la esfera íntima. El día de la constitución de las Cortes resultó paradójico observar que al mismo tiempo que el recién nombrado Presidente del Parlamento, Patxi López, pedía un pacto de estado sobre este asunto (reconociendo que “lo personal” puede ser “político”), otra gente era incapaz de hacer una lectura política en el gesto de Bescansa.

Se dijo además, en tercer lugar, que el sitio para hacer la protesta no era apropiado. Los actos de protesta política son tales, precisamente, porque se hacen en lugares que en principio resultan “inapropiados”. De esta forma sacó a la luz los conflictos potenciales que surgen de las definiciones androcéntricas de los lugares de trabajo. Recordemos que el androcentrismo consiste en asumir socialmente que los patrones de vida de los hombres representan la norma de lo que tiene que ser el “comportamiento humano” y que por tanto, las mujeres, deben adaptarse a ellos. Desde esta perspectiva, existe también una definición androcéntrica del sujeto trabajador que asume que el trabajador normal es aquel que no se embaraza o que no amamanta a un niño. El principio de antimarginación esgrimido por una extensa bibliografía feminista habla de la necesidad de proveer de las condiciones necesarias para la participación de las mujeres en la vida pública, algo que incluye guarderías, socialización del cuidado de ancianos, o la posibilidad de dar el pecho a los niños en público.

Se añadió, en cuarto lugar, que esa estrategia no era la adecuada porque el Parlamento es el sitio donde es posible presentar una propuesta de ley para solventar los problemas de conciliación y corresponsabilidad en el cuidado. Ciertamente, el Parlamento es donde los representantes deben hacer ese trabajo porque ejercen nuestra “representación sustantiva”. Pero Hanna Pitkin también nos ayudó a entender la “dimensión simbólica” de la representación y cómo la construcción de imágenes en el espacio público ayudan a legitimar a determinados sujetos en determinados espacios, ejerciendo determinadas prácticas. Por ejemplo, el de una mujer embarazada que es Ministra de Defensa pasando revista a las tropas. Esta foto de Carme Chacón tuvo un impacto internacional porque trastocaba “lo natural”; un territorio típicamente masculino, como es el ejército, siendo supervisado por una mujer en su condición más típicamente “femenina”, como es la gestación de un embarazo. Según nos explicaron Emanuela Lombardo y Petra Meier en una impresionante obra académica titulada “The Symbolic Representation of Gender”, esto ayudó a tomar conciencia del poder de la construcción simbólica de imágenes con vistas a trastocar roles tradicionales de género.

Sin embargo para algunos, en quinto lugar, la imagen habría tenido más impacto si hubiese estado protagonizada por un hombre. No acabo de entender cómo un hombre puede ser “representativo” del problema de la feminización de los cuidados, o de que la responsabilidad respecto del trabajo de cuidados está distribuida según el género. Ese gesto abría la posibilidad de un debate colectivo que nos interrogaba en tanto que sociedad: ¿cómo debemos distribuir esta responsabilidad? ¿Cuáles son los estereotipos sexistas que determinan esta distribución de la responsabilidad del cuidado? ¿Cómo organizar institucionalmente los cuidados para liberar a las mujeres de sus responsabilidades no remuneradas, con el objetivo de que puedan asumir empleos a tiempo completo y con la misma remuneración que los hombres? ¿Cómo eliminar de los lugares de trabajo los obstáculos a la igualdad de oportunidades?

La polémica y el escándalo surgidos al hilo del “niño de Bescansa” nos proporciona una idea bastante nítida de todo el camino que nos queda por recorrer a este respecto. Por supuesto es obvio que esta explicación aspira a describir la objetividad de lo ocurrido, no la intencionalidad de quien lo hace, que puede haber estado guiada por un interés de captar la atención partidista, antes que por el ánimo de activar una estrategia específicamente feminista.  

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